lunes, 16 de mayo de 2011

SIGNOS DE DEBILIDAD por Alonso Núñez del Prado S.

   La presentación del video con la conversación entre Montesinos y Kouri es una muestra más de cómo le es imposible al ser humano, aún con todo el poder y los instrumentos a su disposición, controlar todo. Bastó que algún disconforme pusiera la cinta en poder de Olivera y vemos como los que parecían ser intocables se resquebrajan.
   Ya lo había comentado yo en un artículo anterior. No se puede “jugar a Dios” sin serlo, porque nuestra humanidad aflora en toda su miseria. Este gobierno venía haciendo el papel de todopoderoso, pero siempre se le han escapado cabos, a partir de los cuales nos podemos imaginar lo que ocurre dentro de la madeja. Desde los tiempos de las matanzas de la Cantuta y Barrios Altos, hasta los casos más recientes de las torturas a Leonor La Rosa, la falsificación de firmas para la inscripción de la agrupación gobiernista y el escándalo por las incongruencias en la primera vuelta de las elecciones, ya que el cómputo de la segunda no lo supervisó nadie;  y ahora los sospechados sobornos a los “tránsfugas” que esta grabación ha venido a comprobar, hemos visto como la soberbia de nuestros gobernantes ha ido creciendo hasta niveles inimaginables. Poco a poco se han auto convencido que su capacidad de control y de acallar no tiene límites y que siempre mediante el uso de la psicología social y el control de la mayor parte de medios de comunicación, incluidos los chantajes, las cortinas de humo, el amedrentar y demás métodos vedados, pueden hacer cualquier fechoría sin tener que pagar por ella. Mas, como lo demuestra la historia, la justicia a veces tarda, pero llega.
   Me temo que a pesar de toda la gravedad de lo que la cinta revela, se las arreglarán por el momento para salir del atoro. Probablemente proclamaran públicamente que el caso es de competencia del Poder Judicial —en cuya independencia nadie cree—,  luego nombrarán a un Fiscal Ad-Hoc, que al igual que todos sus predecesores terminará acusando a los denunciantes y tratarán de que el asunto con el tiempo y las cortinas de humo se olvide; pero la verdad es que los derrumbes de las dictaduras como la que vivimos, se produce por acumulación. La podredumbre acaba por aflorar. Estos gobiernos terminan por autodestruirse y creo que a partir de las últimas “elecciones”, hemos entrado en la recta final.
   El gran problema es que todo esto nos involucra a todos y la crisis que ahora vivimos se agudizará y cuando esto se acabe, vamos a tener que reconstruir el Perú.
   Lima, 29 de agosto de 2000    

JUGANDO A DIOS por Alonso Núñez del Prado S.

   Las dictaduras, que hoy son más sofisticadas y ya no tan brutales y burdas como las de antes, suelen llegar a ese momento en que se sienten con capacidades divinas. Ocurre cuando se perfeccionan y empiezan a controlar diversos campos con relativo éxito; cuando pueden desacreditar, chantajear o “comprar” a los opositores, controlar los medios y los demás poderes del Estado; cuando pueden crear cortinas de humo y entretener al público con “circos” y cosas similares. Entonces, los dictadores, en los casos personalizados o las dictaduras en los institucionales, empiezan a “jugar a Dios”. De lo que usualmente no se dan cuenta es que el papel les queda muy grande y siempre aparecen hechos y cosas que se les escapan y que en su afán de controlarlas, como a lo demás, resultan cometiendo errores que tarde o temprano las llevan a su fin. El problema es que ese proceso es muy costoso para el país y para sus ciudadanos, quienes pagan las culpas de no haber reaccionado a tiempo o no haberse dado (o querido dar) cuenta de lo que ocurría tras bambalinas o peor  aún, haber apoyado voluntariamente siendo partícipes del proceso.
   Desafortunadamente, a golpes se aprende y hasta que no nos pasa las personas nos hacemos los de la vista gorda o nos quedamos paralizados sin saber que hacer, porque “ellos tienen las armas” y no tiene sentido hacerse matar. Pero el origen está en que recién reaccionamos cuando los abusos de la dictadura empiezan a ser evidentes o cuando nos tocan en lo personal o familiar, repitiendo que el famoso poema atribuido a Brecht es siempre verdadero.
   Los países, las sociedades civiles, son también como las personas y viven procesos de maduración. También como ellas aprenden más rápida o lentamente. Por desgracia, no todos terminan por aprender y hay personas que se van a la tumba llenas de rencores y frustraciones, seguras de que han sido los demás o las circunstancias las que los llevaron por ese camino. Si algo similar puede ocurrir con los pueblos, no me queda muy claro, pero si tengo la sensación que hay algunos que en su historia van dando tumbos de dictadura en dictadura con pequeños intervalos democráticos, que por lo mismo terminan en fracasos y reclamos de nuevos gobiernos fuertes que reiteradamente terminan mal.
   Las verdaderas democracias —si es que existen— son producto de muchos años de maduración y sinsabores. Nos lo dice la historia de los países de Europa occidental. El caso de los Estados Unidos es muy especial, ya que allí casi se podría hablar de un transplante de cultura, posteriormente enriquecida con el aporte de otros inmigrantes.
   Para vivir en democracia, entre otros requisitos, se necesita que cada una de las personas que la integra o por lo menos la mayoría, exija procedimientos democráticos al gobierno que ha elegido; que se sienta con derecho —como ocurre en otras partes— a escribir al congresista por el que votó exigiéndole que cumpla con sus promesas electorales y el primero se vea obligado a responderle. En resumidas cuentas, la democracia es de todos los días, no sólo de cuando se producen elecciones o de reclamar cuando es pisoteada, aunque ambas son parte de ella, ya que a esas alturas la dictadura tiene mucho camino recorrido y difícilmente cederá, porque además tiene mucho que ocultar. 
   Necesitamos construir una cultura democrática en la que la mayor parte de la población la practique en su vida privada y en el entorno en que se desenvuelve. No podemos esperar a que esto ocurra para practicarlo. Tenemos que empezar ya, recordando que como nos ha enseñado la historia, los cambios no se producen de arriba hacia abajo, sino a la inversa. Los gobiernos no se van convertir, tenemos que hacerlos democráticos. 
San Isidro, 31 de Julio del 2000
Publicado en el diario El Comercio (Editorial), Pág. a13 el martes 15 de agosto de 2000 bajo el título Cómo lograr la madurez democrática

¿QUIÉN ENGENDRA LA VIOLENCIA? por Alonso Núñez del Prado S.

   En los últimos días hemos visto cómo los miembros del oficialismo han acusado reiteradamente a los partidarios de Toledo y a él mismo de estar instigando a la violencia y de ser los causantes de la polarización del país.
   Aparte de que la respuesta de los toledistas y su propio líder ha sido permanentemente defensiva, sosteniendo que ellos defienden la paz y haciendo pedidos públicos a sus partidarios en ese sentido; y de que algunos aisladamente, quizá más certeros, han visto al SIN detrás de los amagos de violencia hasta ahora habidos, quiero que respondamos a la pregunta planteada como título de este artículo: ¿Quién engendra la violencia: el que reacciona ante la opresión o el que la ejerce?
   ¿Fueron los esclavos liderados por Espartaco y el mismo los violentos o lo fueron quienes los obligaron a ello, es decir los césares y el sistema romano? Con frecuencia vemos sólo el árbol y no el bosque. Si tomamos distancia nos encontraremos con que la violencia es con frecuencia respuesta a una agresión previa.
   No quiero que se me malinterprete y entienda como un defensor de la violencia, porque estoy convencido que siempre es una mala consejera y nunca conduce a buenos resultados; pero cuando uno toma distancia y empieza a ver en la historia, se encuentra con que los seres humanos, dadas ciertas circunstancias, sobre todo si hay un largo camino de opresión, reaccionamos violentamente. Los ejemplos sobran. Baste mencionar las revoluciones francesa y rusa y más reciente y cercanamente la cubana y la nicaragüense; y no estoy justificando, ni condenando ninguno de estos casos, sólo los menciono como hechos ocurridos y que han sido producto de ciertas circunstancias; y me vuelvo a hacer la pregunta ¿Quién engendró la violencia, los que ejercían el poder o aquellos que reaccionaron ante su mal uso?
   Es posible que la respuesta de los toledistas debiera ser: “los actos violentos no los cometen los ciudadanos porque nosotros los instiguemos, sino que son respuesta a lo hace el gobierno con su actitud prepotente y soberbia.”
   Así como la propia ley reconoce el derecho a la legítima defensa en el caso individual, tendríamos que reconocerlo en el caso social. La violencia no es casi nunca una buena solución, pero hasta Cristo la usó con los mercaderes en el templo y si mi memoria no me falla Paulo VI en su Populorum Progressio, no la justificó, pero la encontró explicable, cuando responde a la violación de los derechos fundamentales de la persona.
   En todo caso debe quedar claro que no estoy llamando a la insurgencia, sino invitando a que reflexionemos un momento y nos preguntemos una vez más con el título de este pequeño artículo.   

   San Isidro, 27 de Mayo del 2000 

Publicado como carta, en el diario El Comercio (Opinión) el Viernes 9 de Junio de 2000

ABAJO LAS FRONTERAS por Alonso Núñez del Prado S.

   Los conceptos de patria, nación y Estado son tan antiguos que no estoy convencido —por lo menos para este artículo— de la necesidad de investigar su origen y las causas que condicionaron su aparición y desarrollo. Sin embargo, estoy casi seguro que no fueron razones de caridad, amor, justicia y similares, que nuestra sociedad considera ideales.
  
   Tengo la impresión que el concepto de ‘Estado’, que de alguna manera es el más moderno, ya que corresponde al fin del feudalismo y al nacimiento de las monarquías, se nos ha colado dentro de la sociedad, como algunas otras instituciones, sin que hayamos meditado, pensado y aceptado hacerlo, como hubiera tenido que hacerse si el contrato social al que aludía Rousseau, hubiera sido posible en la historia. El problema es que la idea de ‘Estado’, como otras, está en la base de nuestro sistema. Quiero decir que si fuera posible que todos los hombres nos reuniéramos y acordáramos que el “Estado” o los “Estados” deberían dejar de existir, nos estaríamos cargando con el sistema en su integridad, porque si no hubieran “Estados”, ¿cómo estableceríamos el orden y la ley?; ¿Un gobierno mundial, que de alguna manera ya existe? Bueno, hay sin duda muchas preguntas que contestar, pero de ninguna manera debería esto inhibirnos de plantearnos la cuestión: ¿Deben existir los “Estados”?, porque aunque su fundamento esté en los cimientos de nuestro edificio, no deberíamos, simplemente, continuar tal como estamos, porque sería muy difícil cambiarlo. Si una parte de los cimientos está mal, tarde o temprano el edificio tendrá problemas. Resumiendo, creo que es necesario que repensemos todas nuestras instituciones y si no las encontramos razonables y convenientes, deberíamos pensar en el modo de modificarlas o erradicarlas, aunque esto nos tome mucho tiempo. Hay que mirar el bosque y no sólo los árboles que tenemos delante.

   Podríamos empezar por analizar las ventajas que traería consigo el hecho de que no existieran “Estados”. La primera que se me ocurre es que no tendríamos que usar pasaportes, lo que ya criticaba “El Principito” de Antoine de Saint-Exupery. Esto puede sonar banal y de poca importancia, pero en realidad nos daría derecho a circular sin trabas por el mundo, a trabajar y vivir en cualquier lugar sin limitaciones. También eliminaría el sistema de segregación por nacionalidad en la actualidad imperante y que no creo que pueda nadie defender racionalmente. Esto me trae a la memoria lo que el filósofo catalán José Manuel Bermudo ha denominado ‘el derecho olvidado’, que sería el derecho a elegir nacionalidad y, en consecuencia, a emigrar, que nos recuerda que si bien es cierto —como el propio Bermudo señala— que ha habido una evolución favorable en la calidad de la ciudadanía, en razón a la incorporación de las nuevas ‘generaciones de derechos’, también ha habido un estancamiento y hasta deterioro en su aspecto moral, ya que por ejemplo el nombrado derecho, presente en los orígenes del capitalismo liberal, “silenciosa y paulatinamente ha sido olvidado”, por razones más o menos obvias, pero que valdría la pena investigar con más detalle.

   Detrás de las organizaciones estatales están las razones económicas, que son motivo de la mayoría de las guerras, mediante las que un pequeño grupo de personas discuten sus mezquinos intereses, usando a las grandes masas que creen que ‘luchan y mueren por su patria’, lo que además ha sido convertido en un gran honor. Todo esto nos muestra como nos hemos transformado en monigotes que bailan al compás de una música que no hemos escogido y que no divierte, sino que puede matarnos o hacer que nosotros matemos, denigrándonos en nuestra propia humanidad.

   El sentido de pertenencia a una familia, a una ciudad, a una nación o a un continente ha sido invertido y con frecuencia importa más lo pequeño que lo grande. No puede ser que sea más importante ser peruano que americano, ni esto último que humano. El sentido a transitar es más bien el contrario: primero somos hombres, luego americanos, después peruanos y, al final, de nuestra propia comunidad. No quiero sugerir que olvidemos nuestra propia individualidad, pero si que reconozcamos en ella sus pertenencias que nos hacen lo que somos y de las que no podemos desvincularnos sin renunciar a nosotros mismos. Como dicen los comunitaristas, si al hombre le quitamos lo que lo vincula con su historia, familia y coyuntura, no queda nada, porque deja de ser él para convertirse en un ente que sólo existe en el plano teórico.

   Es cierto que pensar hoy en la eliminación de los estados es una quimera, pero los sueños y las utopías son necesarios. ¿No fue también quimera, en algún momento y por muchos siglos, pensar que la esclavitud era absurda y que la economía podía funcionar bien sin esclavos? ¿O que era posible y razonable que votaran las mujeres y los que no tenían propiedades, olvidando las democracias censitarias? Es necesario que nos atrevamos. Con el tiempo, cuando los pensamientos maduran y calan en la gente, poco a poco, se convierten en realidades.

San Isidro, 26 de julio de 2007

Publicado bajo el título: ¿Nacionalismos? en la página 15 de Gestión (Opinión), el miércoles 8 de agosto de 2007

EL ALTAZOR DE HUIDOBRO Y EL VANGUARDISMO por Alonso Núñez del Prado S.

   Desde El Espejo en el Agua (1916) el poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948) postulaba que “El vigor verdadero/ Reside en la cabeza”. Un cuarto de siglo después insiste diciéndonos en Ver y palpar (1941): “Vivid, vivid/ En vuestra cabeza”, mostrándose así partidario de la poesía como arte cerebral. Hacía así eco a aquellos versos de Juan Ramón Jiménez que a la letra dicen: “Y la poesía se quitó todos esos ropajes y se quedó desnuda”; lo que según uno de sus artículos de 1926, no compartía nuestro César Vallejo, quien más bien apostaba por la sensibilidad. Habría que completar la idea, citando al crítico Guillermo Sucre quien afirma que: “La inteligencia poética en Huidobro se identifica con la imaginación” y ésta arrasa con la sensibilidad, absorbiéndola, descartando —por lo menos en apariencia— la emoción.

   Los versos del poeta chileno “¿Por qué cantáis a la rosa, poetas?/ Hacedla florecer en la poesía” (que dicen fueron signados por el irónico comentario: “Tú cantas a la lluvia, mientras yo hago llover”, que le hiciera en su juventud un brujo indio) y que nos recuerdan la frase Borges “el poema no hablaba de la batalla, era la batalla”; nos muestran cómo entendía Huidobro su “creacionismo”: el poeta era una especie de dios que creaba en su poesía. Al mismo tiempo, criticó otras propuestas de la vanguardia, como la del surrealismo que —en su opinión— hacía un fetiche del inconsciente, olvidando que a los poemas hay que corregirlos y trabajarlos. Recordemos también en este sentido sus críticas al futurismo, por considerarlo superficial y simple, y —en Non serviam, su manifiesto de 1914 a la poética aristotélica, porque limita el arte a la mimesis.

   Adentrándonos ya en Altazor mismo, diremos que es clave recordar el contexto histórico-cultural de la primera post-guerra. Todo había sido triturado, incluido el poeta. Eso explica el desdoblamiento: “Soy yo Altazor el doble de mi mismo”. En una especie de esquizofrenia, en el poema, un “yo” innominado casi dialoga con un “tú”, que a su vez, por momentos, se convierte en “yo” (una especie de Altazor y yo). Aparece también una autocrítica a lo que el poeta había sido hasta entonces; y aquí es necesario rescatar la lectura de López Adorno contra la de René de Costa y el ya citado Guillermo Sucre, quienes leen Altazor como un fracaso, olvidando al pájaro tralalí, símbolo de renacimiento.

   Para comprender mejor a Huidobro, es importante recordar sus palabras: “¿Por qué aludiste al terror de ser?” que aluden a los “poetas con la marca de Caín” de Byron y a un verso similar en “Las Flores del Mal” de Baudelaire; y que el anuncio de Nietzsche de “la muerte de Dios” y su necesidad de reemplazarlo, lo habían marcado profundamente. También debemos tener presente que en su poesía aparece cierta sensación de angustia que sintoniza con el expresionismo y el dadaísmo (“Cómo puedo dormir si dentro de mí hay tierras desconocidas”).
   Huidobro nos propone con la vanguardia: romper con todo. Pintar el caos caóticamente “Canta el caos al caos”. No acepta someterse a la naturaleza. Nos invita a cambiarla: “Embruja el universo con tu voz; aférrate a tu voz”. Nos pide volver al ritmo primero. Ridiculiza que se haya caído en el nihilismo. Condena la angustia expresionista. Quiere volver al silencio (como Rimbaud y Mallarmé). Se anuncia a sí mismo como gran poeta: “Yo poblaré para mil años los sueños de los hombres”. Desconfía de las palabras “pero no temas que mi lenguaje es otro” y anuncia el nacimiento de un árbol, símbolo plurisemántico, que puede entenderse de diversas maneras. Casi al gusto del lector.
   Con versos clásicos (pareados con asonancia), en el Canto III, nos propone “romper todas las amarras”, con la lógica... “matemos al poeta que nos tiene saturados”, pero salvemos al mago (nuevo poeta creador). Critica la “poesía pura” de Juan Ramón Jiménez y al ultraísmo de consumo; y en consecuencia se autocrítica. Quiere resucitar la lengua y ordena al lenguaje —como Cristo a Lázaro— “levántate y anda” y desde esta perspectiva critica —como ya dijimos— al futurismo y sostiene que se trata de jugar al fútbol con las palabras y no de hacer poemas del futbolista.
   “No hay tiempo que perder” —nos dice— cuando pide apoyo para la mujer y el ruiseñor, símbolos de la belleza, el canto y la poesía, de “La eternidad (que) quiere vencer”. Anuncia una ruptura con la gramática, que se hará patente en los cantos finales. Hay que morir para ser habitado por lo que viene: “Aquí yace Vicente, antipoeta y mago”. Juega entre palabras y sonidos, entre eternidad y fin. Cuando “El pájaro tralalí canta en la ramas de mi cerebro”, nos anuncia el advenimiento del futuro del que es profeta.

   Como Dante tiene que descender al infierno antes de entrar al Paraíso. Para Huidobro hay necesidad en la caída. Y el paracaídas del que nos habla se convierte en una especie de globo aerostático (parasubidas). Cumpliendo con la anunciada ruptura con la gramática, trabaja con metátesis fónicas y préstamos morfológicos. Hace una recomposición casi cubista de la imagen. Supera el trabajo del campo léxico y va más allá. Hay en sus versos una tendencia a recrear los recursos empleados en la poesía moderna desde Rimbaud hasta la vanguardia.

 Al final de Altazor hay un canto inesperado. Una reestructuración del lenguaje poético no llevada a cabo antes. Huidobro se siente habitante de una tierra incógnita en la que lidera un renacimiento, una respuesta revitalizante. En este espacio nuevo, nuestro poeta se lanza como el navegante antiguo a la mar. Guiado por la Rosa Orientadora (lenguaje dantesco), quiere llegar haciendo reaparecer así el eterno femenino. Estimulado por su donna angelicata, se siente capaz de llegar al cielo. Trae a colación la imagen del atleta para aludir a la hazaña que pretende realizar en el campo del espíritu. Se auto-define como un faro (que guía). Atleta de lo nuevo. Las cosas salen de su ser y se recomponen. En Altazor se anuncia un nuevo crecimiento, después de la muerte. La poesía de Huidobro no sólo es un juego gramatical, sino una ruptura ‘con-posiciones’ poéticas anteriores. Sus imágenes obligan a romper con lo lógico, lo establecido, relacionándolas al mar en la noche. Lo que parecía la muerte resulta la vida misma. La suya es una lógica nueva regida por una metamorfosis. Molino que todo va a cambiar. Valor poético no en la lista excesiva, sino en la sensación de movimiento. Una imagen de liberación vinculada a la quijotesca. El carácter mutante llega de la gramática a lo fónico y luego hasta la experiencia vital. En Huidobro, hay un paso de la gramática original a lo desgramaticalizado.

Lima, 23 de octubre de 1995


Publicado en el Dominical (Pág. 14) de El Comercio el 17 de junio de 2007.

JUSTICIA IMPERCEPTIBLE por Alonso Núñez del Prado S.

“...tantas verdades que no se pueden probar... y errores... Quizá un día...”

En esencia, en la vida, hay justicia
“Quien recibe mucho, ha de pagarlo.”
No pretendáis, sin embargo, encontrar
ésta a vuestros propios ojos.
El gozo y el sufrimiento sólo
tienen medida en la propia persona.
Así, los juicios de comparación,
carecen de conocimiento profundo e imparcialidad.
“Nadie sabe lo de nadie”, reza una verdad.
Dicen que son desgraciados, porque
no conocen el sufrimiento de los otros;
que son más felices, porque no saben
lo que hace felices a los demás.
La evaluación de gozo y sufrimiento
siempre esta impregnada de subjetividad,
de “lo que para mí sería”.
Lo que no significa nada para algunos
es la felicidad o el dolor de otros.
Aún si se pudiera hacer la evaluación de seres vivos,
erraría en no estar completa en el tiempo;
pero si estuvierais o estuviera yo en capacidad
de conocer completamente las vidas
que ya pasaron, encontraríamos un equilibrio
casi matemático, porque en la vida hay períodos
de alegría y dolor siempre bien contrapesados
y a juventudes muy felices siguen vejeces de sufrimiento
y las dosis de ambas están bien equilibradas.
Nuestra incapacidad para probar sin margen a dudas lo afirmado,
aún cuando podamos presentir verdad en ello (como hago yo ahora)
nos recuerda, de la manera metafórica con que siempre nos habla la vida,
que no hay excusa a nuestra conducta en las compensaciones,
ni es válido hacer o dejar de hacer, esperando premios post-terrenos,
que es nuestro deber buscar justicia a nuestros propios ojos.
Al fin y al cabo, no hay mejor ni más terrible juez para sus actos que uno mismo.

Publicado en el Boletín # de Siempre en de de

martes, 22 de febrero de 2011

LA DIFERENCIA ENTRE ‘SER’ Y ‘TENER’ por Alonso Núñez del Prado S.

“El hombre superior ama su alma, el hombre inferior ama su prosperidad.” Lín Yǔtāng
“Las tenencias esclavizan. La libertad no es buena amiga de la propiedad” ANdPS

   La reflexión sobre la preeminencia del “ser” sobre el “tener” es frecuente en el ambiente intelectual; pero nunca ha calado, ni ha tenido receptividad en la mayoría de la gente, en especial en Occidente. Quizá —piensan algunos— porque concepciones ontológicas como la representada por la frase de Hobbes “El hombre es el lobo del hombre”, corresponden más a la realidad, que aquellas que —como las de Kant y el cristianismo—  suponen un hombre menos egoísta y más dispuesto a la solidaridad. Ejemplos que muestran la frecuencia con que se ha tratado el tema son comunes en la historia: desde el más o menos reciente de ¿Tener o Ser? de Erich Fromm o el un poco más antiguo del Siddharta de Hermann Hesse,  hasta los tiempos del pensamiento estoico en la antigua Grecia y más atrás, si miramos al mundo oriental, en especial en la India, donde incluso en la actualidad podemos encontrar concepciones de “triunfo” (si así puede llamarse), opuestas a la nuestra.

   Quedamos, sin embargo, unos pocos ‘románticos’, como quieren considerarnos algunos, que insistimos en la necesidad de recalcar esta diferencia (entre ‘ser’ y ‘tener’), que nuestra sociedad, por estar impregnada de materialismo (realismo, dicen otros), quiere obviar, confundiendo lo que es diferente. En la cultura occidental, con honrosas excepciones, se considera que es más el que tiene más y que el que se hizo millonario es el triunfador por antonomasia. El ‘tener’ es usado como medio para ‘ser’ (creerse) más y socialmente se produce un engaño sutil, que pretende que el tener, saber, poder o hacer más e inclusive el tener una mejor imagen, es consecuencia de ser más. Todo esto, exacerbado por el endiosamiento de la competencia, tan de moda en nuestros días.

      La confusión, que como hemos visto no se produce sólo con el ‘tener’, aunque es de la que nos ocupamos en este artículo, ha llegado a tales niveles que casi crecemos respirándola. Con el tiempo —la madurez, dirían algunos— la “realidad” termina por imponerse y muchos terminan convencidos que lo importante es el dinero (“Dicen que el dinero no es la felicidad, pero se le parece mucho”). Y a los pocos idealistas, “la vida terminará por enseñarles”. Así tenemos que en nuestro mundo tener más es ser más.  El éxito se mide en dólares, fábricas, propiedades y cosas similares.
                                                                                                                
   En consecuencia, en un mundo como el que vivimos, a muy pocos les importa ser más y a muchos, por el contrario, tener más; lo que motiva que lo último se superponga a lo primero, logrando que se olvide y suponga equivalente. De esta manera, resulta muy difícil que alguien sienta ser más que quien tiene más, salvo como actitud de autodefensa o, peor aún, basado en anquilosados conceptos de nobleza de sangre, frente a los denominados “nuevos ricos”. El único camino posible es el de la propagación y consecuente convencimiento de la diferencia, lo que tomaría mucho tiempo, Creo, con todo, que el esfuerzo bien vale la pena. Cuando todos creamos que ser más es más importante que tener más, nuestro  mundo será mejor, aunque para conseguirlo será necesario enfrentarnos con muchos y poderosos intereses, que constituyen una de las principales razones por las que hoy “tener más” tiene más acogida.

   Cabría preguntarnos a estas alturas ¿qué es ser mejor? Y la respuesta da para escribir un libro, pero como no es la intención de estas líneas desarrollar este tema, me limitaré a manifestar mi opinión en una sola frase: ser mejor es ser más uno mismo, lo que Heideger llamó “autenticidad” y Marcuse “ser auténtico”. En otras palabras, ser fieles a nuestra humanidad, pero también a nuestra propia individualidad. De esto se desprende que, en sentido estricto, nadie es más que otro. Uno es más o menos, sólo en relación a uno mismo, a su pasado. Los hombres son diferentes, plurales como diría Hannah Arendt, y cada uno tiene en potencia su propia realización como persona. Aquí aparece otra de las debilidades de la concepción social y es su tendencia a calificar al prójimo, cuando en realidad no hay ni mejores ni peores entre nosotros, sino sólo personas diferentes.

    De otro lado, si profundizamos en el tema, nos daremos cuenta que cuando buscamos tener más estamos tratando de arrebatárselo a otros. Cuando acumulamos riqueza, lo hacemos en desmedro de otras personas; y si bien, como dijimos antes, el dinero no da la felicidad, la falta del mismo causa sufrimiento. Así podemos concluir que el tratar de tener más, cuando excede los límites de lo razonable, nos divide y nos separa. Por el contrario el tratar de ser más, es creador e integrador. Los logros de los artistas, filósofos, científicos e inclusive deportistas han aumentado el patrimonio de la humanidad y la han unido. Podemos decir que tratar de ser más, nos hace mejores hombres, capaces de amar más, de ser más libres y solidarios, de pensar por nuestra propia cuenta, diferenciándonos de los animales y de su ley de la selva; mientras que tratar de tener más, nos deshumaniza y nos hace paradójicamente más pobres.
  
   Otro aspecto que nos muestra lo contradictorio y frágil de la ideología reinante en nuestra sociedad, es que el tiempo la corrige. Si nos remitimos a la historia, con explicables excepciones, ignoramos a los grandes amasadores de fortunas, a los que buscaron tener más; y recordamos y ensalzamos a los en verdad grandes, a los que trataron de ser más, cada uno a su estilo y manera, aunque murieran en la miseria.

   Es irreal pretender que de repente sea posible cambiar nuestras creencias culturales, pero es necesario que empecemos a ser conscientes de lo contradictorio y equivocado de éstas, para que un nuevo sentido común emerja y se vaya imponiendo y al final el cambio se produzca cuando todos estemos convencidos. Pero, en el camino se nos presenta un importante desafío, que es prevenir el contagio, casi inevitable,  en medio de un mundo que practica y predica lo contrario. 

Publicado en El Comercio (Dominical), Pág. 10, el domingo 6 de mayo de 2007